Entrada# 144.- Miedos

Uno de mis temores más intensos inició en Febrero de 1998, tenía yo 10 años, cursaba el cuarto año de primaria con la maestra Socorrito. Era un amor esa maestra, muy risueña, muy buena para explicar, el año que nos daba era especial, porque en el cuarto año de primaria ya estabas en la segunda mitad, te volvías grande, te dejabas de sentar en filas y pasabas a formar equipos, te daban dinero al principio de la semana y no a diario, y muchas otras cosas más que te hacían sentir como que estabas creciendo.  En la primaria, en la sencundaria, y hasta la preparatoria fui buena alumna, pero nunca lo fui más que en la primaria. Pasé toda mi vida sentada en los primeros lugares, porque ahí es donde sientan a los niños aplicados, y nunca me senté atrás, ni siquiera cruzaba de la mitad del salón, hasta un día que mi equipo se sentó al fondo de mi salón de cuarto año de primaria en mi clase de matemáticas, estudiando fracciones. 

Ese día empezó mi problema. Sentada por primera vez al fondo de mi salón, me dispuse a copiar mis quebrados, cuando de repente me di cuenta que no estaba segura si el cuatro era un cuatro, era un siete, o era un nueve. Primero pensé que los números estaban chicos y volteé a ver los demás para comprobar si alguien tenía el problema, pero... todos estaban copiando. Luego me asomé discretamente en la libreta del compañero de junto y y vi que mi número cuatro no era cuatro, era nueve. 

Fue un momento horrible en mi vida porque a mis 10 años me invadió la sensación de estar quedando ciega. Es rídiculo pensarlo, pero es que yo siempre he sido muy dramática y extremista. Para mí, significaban lentes de botella, ceguera total, operaciones de la vista.  Fueron unos instantes terribles.  Pero logré controlarme, y decidí, con mucho acierto que ese mismo día se lo contaría a mis padres.

Mi mamá lo tomó muy mal. Le dije "Mamá Monse, no veeeooo" (de chiquita tenía que decir Mamá y el nombre porque servía para mi madre, mis abuelas y mis bisabuelas). Y mi mamá me pregunta "¡¿Cómo que no vez?! ¿Qué no vez? ¿Qué te paso? ¿No lees bien? ¡Hay que ir al médico!"  

Ese mismo día en la noche tuve una conversación con mis padres donde me explicaban que los defectos de la vista son hereditarios, que mi abuela materna ve bastante mal, ellos mismos necesitan lentes, hay familias completas de gente con problemas de vista, como la familia de tu tía Rocío me dijeron.  Me contaron de cuándo ellos empezaron a usar lentes, y de como su graduación siempre estuvo muy controlada. Mi mamá me contó la mala experiencia que vivió a finales de los 70´s con su primer par de lentes de contacto y en general la cena fue para tranquilizarme, decirme que no me iba a pasar nada, me aseguraron que no era nada grave, que muchos niños los usan desde chiquitos y que no, esto no significaba que fuera a terminar completa e irremediablmente ciega. 

Me hicieron una cita rápidamente con un oculista y desde esa primera cita, hasta el día de hoy, no he logrado superar el miedo irracional que tengo de ir a que me hagan un examen de la vista.  Es más, jamás he ido sola.

Quizás, si hubiera sido otro doctor, otro consultorio, o si hubiera ido más preparada...  Mi doctor se apellidaba Valencia o Cuevas, no recuerdo bien. Y su consultorio era un espacio alargado y estrecho que parecía como de película de terror, por que en serio, cuando entré solo estaba iluminado la mitad del cuartito y mi primera impresión ( y las primeras impresiones son muy importantes)  fue un espacio largo y al fondo la silla negra con ese artefacto con lentes giratorios encima. 


Esta silla esta bonita, la mía era toda negra y eso blanco que se ve ahí, salía de atrás, como microscopio.

Sentada en la silla me sentía un ser pequeñito. Moría de miedo que me dijera que la mía era una ceguera sin remedio, que quedaría ciega en unos años, que además necesitaría lentes de botella, que jamás volvería a leer nunca más nada y que si me interesaba, me pusiera a estudiar Braille.  Mi corazón infantil latía al máximo, casi lloraba de terror y la cosa no mejoro. 

Me pusieron el artefacto con lentes giratorios, las luces se apagaron y muy al fondo ( ¡Tan al fondo nadie puede ver eso!) se prendió la pantalla con letras para adivinar.  Nada. No vi nada. Giraron los lentes. Nada. Otro cambio de lentes. Ya se ve mejor pero,... no.  Otro cambio de lentes y mi mamá empieza a ponerse nerviosa, debe ser que ella si lo ve, y su hijita no. No importa, ella tiene sus lentes puestos. Otro cambio de lentes y me desmayaba de la desesperación de no poder ver. Pero no hago trampa. Si no veo, no veo y punto.  
Al fin dieron con mi graduación. Tenía más de la dioptría. Pregunté ¿Uno? ¿Eso que significa? ¿Cuánto es el máximo? ¿En qué punto me puedo quedar ciega? ¿Cuándo empiezan a ser lentes de botella? ¿Hasta para qué nivel tienen lentes? ¿Voy a quedar ciega? ¿Me pueden operar?  No falsifico la historia en esta parte, los doctores me odian desde que estoy chiquita porque siempre les hago un millón de preguntas con el fin de saber si me puedo morir del mal a tratar. 

El doctor me tranquilizó con una mentira piadosa. No te preocupes, probablemente te quedes con estos lentes hasta que cumplas 14 años. Tus ojos son muy bonitos, vas a estar bien. No, no vas a terminar ciega. Si, es operable pero no lo necesitas. Tenemos lentes hasta las 20 dioptrias.  Vas a estar bien, vas a ver. Regresa en un año. 

Mis primeros lentes fueron rositas con colorcitos. Fueron un cambio radical en mi manera de ver el mundo. 

Regresé al año siguiente. Esperaba que todo siguiera igual. A mis once años, revivieron todos los temores de la última ocasión. La situación era un martirio. Sentarme a que me pusieran esos lentes giratorios toscos, metálicos, negros y encima apagaran todo y me pusieran a ver letras.  

¿Habría empeorado mucho? ¿Todavía habrían lentes para mi? ¿Qué pasaría si mi vista desmejoraba a pasos agigantados? ¿Los niños usaban lentes bifocales? ¿Hay lentes bifocales con separación discreta, porque yo no quiero unos bifocales como los de mi abuelita! 

Y de nuevo el martirio de sentarme y  decir no veo, no veo, todavía no veo. Me desesperaba.  Con los años, un invento de tecnología de invaluable amor para mi corazón vino a hacerme este proceso más sencillo.  Ya no ponen a la gente a ver a través de unos lentes. Ahora hay una máquina, pones tu cabeza frente a ella, y con los ojos muy abiertos y sin parpadear miras dentro de la máquina un paisaje, es una granja, a medio día, con un cielo muy azul, un suelo muy amarillo y a lo lejos, pero justo en el centro una casita roja.  Después de mirarlo unos cuantos segundos sale en automático un papelito que parece factura sencilla y dice que tan ciego esta uno.  Todo muy simple. Sin nadie que te apague la luz, ni ruidito de máquina pasando los lentes. 

Con el tiempo, las preguntas de mi visión han cambiado. Ahora se que probablemente se siga empobreciéndo. Sigo pensando que puede que acabe cieguita.  Sé por experiencia propia que los lentes se convierten en botella cuando rondan las 5 dioptrías.

Después de muchos años, cuando mis lentes se volvieron dos botellas, tuve que superar mis traumas de los doctores, enfrentarlos e ir por unos lentes de contacto. Los lentes de contacto hicieron que algunos de mis miedos se controlaran.  Como los uso casi todo el día, se me olvida lo ciega que realmente estoy. Porque yo veo bien, la mayoría del tiempo, solo lo recuerdo en las mañanas, en las noches y cuando mis lentes de contacto empiezan a morir. 

Pero con los lentes de contacto vinieron otros temores. Es que, yo se que no me puede pasar, pero juro que cuando voy al oculista me da miedo que un día me diga que mi ojo se me va a caer por usar todo el tiempo los lentes de contacto. Yo se que no se me puede caer el ojo, es imposible que se me caiga el ojo. Pero no es tan imposible que se muera, o que te lo saquen y te pongan otro. Me dan ataques de pánicos ridículos en esos consultorios.

El día que fui a hacerme un examen para saber si era o no candidata para la operación, resulte sí serlo. Así que cualquier día que quiera me opero. Pero el doctor me dijo, “Mariíta, tus ojos sí son candidatos a la operación” y luego me explico que si llegara a dejar que me operen, tengo que estar consciente en la operación ya que piden que mire para arriba, mire para un lado, y por lo tanto, seré candidata  hasta que yo me prepare psicológicamente para que me jugueteen los ojos. Espero un día controlarlo y entonces componer mi vista. Hay tantas personas que tienen buenas experiencias con sus operaciones de la vista... pero a mi me da miedo. 

Tan solo en las pruebas sencillas para saber si era candidata, estaba tensa, sudaba frío, pude haberme desmayado ahí sentada. Me da mucho miedo. Cuando empecé a leer "Ensayo sobre la ceguera" de José Saramago (se los recomiendo muchísimo) no sabía si podría terminar de leer un libro así, casi lo catalogaba de terror. 


En fin, espero un día ser lo suficientemente madura para operarme. 

Entrada# 143.- La más grande crisis del blog

Recuerdo esos días cuando las ideas para escribir entradas fluían y fluían.

Todo lo que veía en la calle, el parque, los camiones, los edificios, gente cruzando la calle era buen tema.

Lo que la gente me contaba solía servir de inspiración.

Nunca he copiado nada de nadie y jamás lo haría, pero a veces simplemente leer algún artículo en cualquier lado era fuente de ideas.

Lo que me pasara en el transcurso del día, desde mi comida, algún encuentro, algún pleito sentimental, una noticia, que se yo... todo era material potencial para entrada de blog.

Tengo incluso un par de entradas en las que solo escribía sobre mis ideas, tales como cuando cuando conté mis manías de no usar anillos; cuando hice una lista de las comidas que me gustan o la vez de mis costumbres al leer.

Cambie la imagen del blog 20 veces para que no fuera aburrido verlo siempre igual y su nuevo color rosa me fascina.

La gente me ha dado ideas, uno hasta me dijo, pues si no tienes de que hablar, cuenta de como te peinas! Creo que podría escribir de como me peino. Pero yo quisiera una historia, de esas antiguas y ya no me se ninguna.

Quizás tenga que ir más seguido a visitar a la bisabuela, o pasar a ver a mis abuelas, o ir a uno de esos lugares donde se juntan a jugar lotería, o ya de plano ponerme a entrevistar señoras que pasen por la calle.

En lo que encuentro otra historia de ese tipo, debería sentarme a pensar en algo más.
 

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