Entrada # 152.- De mi Infancia


El otro día estaba pensando en mi infancia, de hecho, desde que soy Au Pair y me paso 24 horas al dia en contacto directo con los niños pienso mucho en mi infancia, es una gran referencia, porque mientras más me pueda acordar de como se sentía ser niña, siento que más  puedo entender a mis niños.


Los recuerdos incluyen un poco de todo, desde como mi bisabuela me daba de almorzar platos llenísimos con porciones para un adulto y me hacía comer todo o no me podía parar de su mesa, los juegos con mi hermanita, las películas que nos ponían a ver, las reglas que tenían mis papás…

Hay cosas que no se olvidan, como la vez que más enojada estuvo tu mamá (la mía desbarató mi casa de las Barbies)  y la vez que más enojado recuerdas a tu papá (papi nunca me pegó pero me mostraba su correa y yo moría de terror). 

Y luego en retrospectiva entiendes. La ocasión en que mamá desbarató mi casa de muñecas, siempre lo consideré como un acto atroz y vil y lo tengo grabado  porque a mi mente infantil le impacto mucho.  Cuando lo pienso de nuevo, me doy cuenta que fue en la misma época en la que mami tenía 2 trabajos, uno de los cuales estaba a punto de renunciar porque no le gustaba, era estresante, jefes malignos y cosas así.  Y la pobre mami, en la primera mitad de sus 30s tenía 2 hijitas que eran muy desordenadas con sus muñecas, demandaban mucha atención, comida, ropa y juguetes y encima de todo se levantaban a las 6 de la mañana los fines de semana. Un día de mucho estrés lo puede tener cualquiera.

El caso de la correa, recuerdo haberla visto varias veces y sentido nunca.  Pero de la ocasión que claramente recuerdo, porque fue muy fuerte para la pequeña niña de 6-7 años que fui, incluye por un lado a un papá muy molesto gritando cosas desde de la puerta de un cuarto y amenazando con una correa y por otro lado 2 hermanitas dando brincos en la cama de su mamá gritando solo para ver quien hace más ruido y quien dice cosas más chistosas y teniendo cero consideración con  los otros 2 habitantes de la casa que seguramente estaban muy ocupados haciendo cualquiera de las aburridas labores que los padres tienen que hacer, ya sea terminar con sus trabajos, arreglar algo de la casa, ir al super… que se yo. 

Las tareas son otra punto de mi infancia que últimamente recuerdo. Así como mis niños hacen la tarea conmigo, yo solía hacer mis tareas con mi mamá o con tía Amadita. Mi tía Amadita  me cuido mucho tiempo y era maestra así que nadie como ella para enseñar.  Lo único malo es que es una maestra de las antiguas y su método de enseñanza pasado de moda y estricto es el único que conozco y aplico a mi niña.  Incluye cosas como enseñar la importancia de la tarea, la tarea se hace antes que jugar cualquier cosa, las reglas de puntuación se practican en todas las tareas y no solo en las de español, uno debe hacer la tarea bien sentado a la mesa, no es aceptable hacer la tarea tirado en el suelo o acostado en la cama, no se debe comer y hacer la tarea al mismo tiempo, para que el niño se concentre no deben haber distractores como la televisión… Así era el  método firme de mi tia Amadita.  

Recuerdo lo mucho que me gustaba cuando me dejaban tareas en las que podía ayudarme mi papá porque su método era diferente y más relajado y porque así pasábamos tiempo juntos. Cosas tan simples que los adultos hacemos y los niños no pueden hacer les resultan sorprendentes. Yo veía con admiración como mi papá era capaz de trazar cuadros, rectángulos y figuras perfectas porque tenía un talento sorprendente con la regla y la escuadra.   En mis tareas de biología mi papá siempre me ayudaba y me explicaba como funcionaban los diferentes sistemas y órganos del cuerpo humano, la verdad es que actualmente requiere esfuerzo mental poder visualizar el páncreas, el hígado y  los riñones pero recuerdo con cariño todas sus explicaciones de las células, sus mitocondrias, la fotosíntesis, las partes del ojo humano y demás temas a estudiar. Con las mamás, los niños compartimos mucho más tiempo y muchas actividades que incluye diariamente la tarea, por eso, cuando ocasionalmente hacemos la tarea con los papás, se vuelve un poco más especial.  Entiendo mucho a mi niña cuando prefiere mil veces hacer sus ejercicios de matemáticas con su papá que conmigo, por la diferente experiencia y porque su papá es especialmente bueno para las matemáticas.

También me acuerdo mucho de los pleitos que tenía con mi hermanita. Cuando yo estudiaba la primaria fui una niña muy aplicada y responsable, me preocupaba por hacer mi tarea bien, a tiempo y además aprender algo de todo eso.  Cuando tenía como 7 años (la edad que tiene la niña que cuido)  mi mamá y mi abuelita me decían que no se veían bonitos los cuadernos hechos tacos, así que yo cuidaba que mis cuadernos se cerraran bien y las páginas no se arrugaran mucho; un día, haciendo mi tarea bastante tarde, mi hermanita, que tendría como 3 o 4 años derramó su juego de uva en mi cuaderno.  Mi enojo fue tan grande, que aún hoy, unos 15 años más tarde recuerdo la escena, el coraje que me dio, todo lo que lloré y todo lo que lloró mi pobre hermanita. Fue un accidente, pero me hace notar que  los niños no son muy tolerantes con los accidentes de los demás.   La escena a la inversa, la ocasión en que más se molestó mi hermanita conmigo, por lo menos que yo recuerde, era una tarde en que estábamos jugando en el cuarto que compartíamos. Estábamos sentadas en el suelo jugando con nuestras Barbies, y el motivo del pleito ya se me olvido, la escena empieza con nosotras pelando por una muñeca, mi hermana tirando de las piernas y yo del pelo hasta que la Barbie, que era una Teresa y pertenecía a Iveth perdió la cabeza. Mi pobre hermanita lloró y lloró y salió corriendo a buscar a mi mamá y desde eso, ella siempre me vio con cara de destruye muñecas. A los niños no les vale que sus hermanitos lloren y lloren y cuando es su culpa se sienten mal, no son insensibles a eso.

La verdad, quisiera poder recordar  más pleitos con mi hermanita, en estos momentos de mi vida me hacen falta.

Puedo entender a mis niños, puedo entender que se frustran cuando intentan hacer algo que es muy difícil para su edad, puedo entender que lloren cuando los regañan, pero ya se me olvido que se siente que tu papá te regañe cuando eres niña. 

Me acuerdo de gritar y gritar solo por ver quien gritaba más fuerte pero me daba dolor de garganta y aunque ahora me desespera que los niños griten,  soy capaz entenderlos. Así son.

También, de alguna forma, aunque los adultos dijeran nada y trataran de no tocar el tema en su presencia, siempre se terminan los niños enterando de que papá esta pensando en cambiar de carro, o de que el fin de semana van a comer a casa de sus primos, o que la tía Lupita esta en el hospital o cualquier otra cosa, asi que no me sorprende cuando la niña sale con comentarios de cosas  que no le incumben y que muy acertadamente dedujo de una conversación por ahí, otra conversación por allá.

Claro que todos los niños son diferentes y los que cuido tienen una infancia muy diferente a la mía, solo no puedo evitar pensar en mi infancia para entenderlos y tratar de ser mejor Au Pair.  Un momento clásico en la vida de mis niños en que me tengo que aferrar a mis recuerdos de la infancia se da en las noches en que juegan con su papá a las luchas.  Creo que es un juego clásico en el que los papás y todos sus hijitos se tiran al suelo y se aplastan, se avientan unos contra otros, se pegan con almohadas, gritan mucho y sacan de quicio al 90% de las mujeres del mundo. Soy de ese 90% y en días así recuerdo a mi papá y a mi hermanita peleando todos en una cama y además tirándole almohadas a mi mamá como para invitarla a que se animara a jugar y de vez en cuando la señora se animaba. 
 

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